
Hace unos años se me acumularon más cosas de las que me vi capaz de soportar y acabé en el hospital muy cerca de la muerte.
Mi abuelo siempre me decía que la eternidad es intocable salvo si miras los frutos del trigo, mecidos con el aire, sin parecer que vayan a marchitarse nunca.
Tras mi paso por el hospital y superar mi problema, decidí tatuarme ese fruto para nunca volver a recaer.

Nací con un angioma en la espalda, para mi familia era una marca que me hacía única pero yo me sentía marcada, diferente y todas las miradas estaban puestas en mi espalda. Siempre acomplejada intentando taparlo. Nadie se atrevía a tatuarme hasta que encontré al que ahora es mi tatuador y me hice una flor de cerezo (la belleza efímera) y una golondrina en señal de libertad

Una rosa en la rodilla. ¿Por qué?…
Tras la espera de algo que no sucede, tras problemas que la vida nos enfrenta; a veces sólo nos queda eso, esperarlos de rodillas con el sufrimiento que ellos conllevan en muchas ocasiones. Una rosa florecida, -porque aunque frágil- de cada dificultad siempre florecerá algo bueno en ti. Aprendemos cuando sufrimos y valoramos más los momentos buenos.

A mi el feminismo me abrió los ojos a un mundo de desigualdad. Me abrió los ojos a un mundo donde sí has nacido mujer, has nacido marcada. Me hice este tatuaje este año porque sentí que todo lo que me había enseñado el feminismo era algo que debía estar marcado en mi piel para siempre. Es libertad y empoderamiento, es quererse a una misma. Es no olvidar la feminidad que todas tenemos.

La mirada tierna de una geisha, mi identifica commigo y con mi forma de ser…
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Fue mi primer tatuaje y representa a mi familia, cada flor por un motivo: la rosa a mi hermana mayor: ambas son bonitas, aunque “pinchan” (mucho carácter); mi hermano pequeño es la flor azul de loto, que crece del lodo y es muy resistente (ha superado muchas adversidades desde pequeño); y a mis padres la Dama de Noche, flor amarilla con la que se casaron y siempre la tienen en casa.