
Era estudiante de medicina, una carrera bastante dura y llegué a cuestionarme varias veces si eso era lo que quería. Durante los exámenes finales del tercer curso pensé que no lo superaría y que había fracasado. Cuando acabé me tatué un electrocardiograma para recordarme que la vida tiene subidas y bajadas, pero siempre continúa.

Hace años una comida familiar terminó con mis padres y varios miembros en el bingo. Uno de los tíos de mi padre estaba esperando que saliera el número 23 para cantar bingo pero al no salir empezaron a maldecirlo a grito de «No sale el mongolo». La situación era tan cómica que mi padre jamás olvidó ese número y lo incluyó a tope en su vida. Al fallecer, decidí hacérmelo en su honor.

No es una “X”, es un 10 en números romanos. Mi número favorito. Muchas cosas buenas de mi alrededor tienen que ver con este número. Pero también el fallecimiento de mi abuelo tiene como protagonista ese abuelo. Me sirve para hacer de algo malo, algo bueno y recordarlo siempre por precisamente eso, lo bueno.

Mi abuela murió cuando de cáncer antes de yo cumplir 2 años. Mi madre por miedo nunca me lo dijo, solo me contaba que la abuela estaba en el cielo, que era la luna, a lo que yo contestaba que mi abuelo, quien falleció cuando mi madre apenas tenía 16 años, era la estrella que mas cerca se encontraba.

Me fui de Erasmus a Italia y tuve una relación tóxica con una persona la cual casaba con el maltrato psicológico que sufrí por parte de mi padre cuando era pequeña. ‘Dai’ significa ‘vamos’ en italiano y era lo que me decía a mí misma cada vez que la situación me generaba ansiedad cuando en ese momento solo quería suicidarme. Dai me salvó la vida.

Este tatuaje me lo hice cuando pasaba por un cuadro depresivo. Significa que el buzo puede estar sumergiéndose hasta el fondo o puede estar saliendo a flote. Es así como aveces me siento; representa que puedo estar hundida en lo más profundo o puedo estar bien conmigo. Todo depende de mí, mi voluntad y mi perspectiva.